Una fresa fresca al borde de la copa o una fina lámina de fresa flotando; clásicamente se sirve sin adorno, dejando hablar al color rojo.
Construido directamente en la copa (build), nunca agitado ni batido. El espumoso entra SIEMPRE al final, muy frío y vertido despacio por la pared de la flauta sobre el puré; jamás se mete el Prosecco en coctelera ni se agita, porque se perdería el gas y el cóctel quedaría plano. La unión final es un removido mínimo y delicado, lo justo para integrar sin desgasificar.
El truco está en el puré: usa solo fresas en su punto óptimo de madurez (las verdes o ácidas arruinan el cóctel) y enfríalo bien antes de montar. Un puré frío y sedoso, colado para quitar semillas, hace que el Prosecco se integre con elegancia sin que tengas que removerlo apenas, conservando el máximo de burbujas. Si las fresas son perfectas, no necesitas ni una gota de azúcar.
El Rossini fue creado en 1948 por Giuseppe Cipriani en el legendario Harry's Bar de Venecia, como variante de su célebre Bellini. Dado que el Bellini exigía melocotón blanco, disponible solo en verano, Cipriani sustituyó la fruta por fresa para tener un aperitivo afrutado también en primavera. El nombre rinde homenaje al compositor italiano Gioacchino Rossini (autor de "El barbiere di Siviglia"), inspirado por el color rojo del trago ("rosso" en italiano). Forma parte de la familia de cócteles de Prosecco del Harry's Bar bautizados con nombres de pintores y músicos italianos.