En el extremo austral del mundo vitivinícola, la Patagonia argentina produce Pinot Noir de frescura excepcional y Malbec de perfil elegante, moldeados por vientos patagónicos implacables y una amplitud térmica
La región vitivinícola de la Patagonia se extiende por las provincias de Neuquén y Río Negro, en el norte de la Patagonia argentina, aproximadamente entre los paralelos 38° y 41° S. Las viñas se concentran en los valles fluviales del río Negro y sus afluentes —especialmente el Alto Valle del Río Negro y el Valle del Neuquén—, al pie de la cordillera de los Andes, con ciudades de referencia como General Roca, Cipolletti y San Patricio del Chañar. La altitud y la latitud extrema, combinadas con la influencia andina, definen un entorno vitícola único en el hemisferio sur.
En Argentina no existe un sistema de clasificación de viñedos equivalente a la AOC francesa o la DOCa española. La denominación de origen aplicable es la Indicación Geográfica (IG) reconocida por el INV (Instituto Nacional de Vitivinicultura): las IGs relevantes son 'Valle del Río Negro' y 'Neuquén', enmarcadas en el sistema nacional de IGs y DOC establecido por la Ley 25.163.
Las viñas del Alto Valle del Río Negro se sitúan entre 200 y 400 m s. n. m.; las de Neuquén (San Patricio del Chañar) alcanzan los 350–450 m s. n. m. El relieve es de meseta y valle fluvial, con pendientes suaves y suelos aluviales de origen andino.
La Patagonia vitícola abarca aproximadamente 2.000–2.500 hectáreas plantadas, distribuidas principalmente entre las provincias de Río Negro y Neuquén, según datos del INV.
El clima es continental árido de alta latitud, con veranos cálidos y secos, inviernos rigurosos y una amplitud térmica diaria de hasta 20 °C, factor decisivo para la retención de acidez y la acumulación de antocianos. Los vientos patagónicos constantes —el famoso viento Zonda y el viento sur— reducen la humedad y la presión de enfermedades fúngicas, permitiendo viticultura con mínima intervención fitosanitaria. Los suelos son predominantemente arenosos y pedregosos, de origen aluvial y glaciar, pobres en materia orgánica, con presencia de rodados patagónicos (gravas volcánicas y sedimentarias) que favorecen el drenaje y el estrés hídrico controlado. La irrigación por canales derivados del río Negro es imprescindible. El resultado es vinos de color brillante, acidez fresca y aromas precisos, especialmente en Pinot Noir y en Malbec de perfil más frutal y menos potente que el mendocino.
Vinos de color rubí translúcido, aromas de cereza, frambuesa y especias finas, con acidez vibrante y taninos sedosos, más borgonón que cualquier otra expresión argentina.
Perfil más fresco y floral que el mendocino, con fruta roja, violetas y menor concentración tánica, pero mayor nervio y longitud.
Vinos blancos de acidez pronunciada, con notas cítricas y minerales, aptos para crianza moderada en madera.
La viticultura en la Patagonia tiene raíces modestas pero decisivas. A finales del siglo XIX, inmigrantes europeos —principalmente italianos y españoles— comenzaron a cultivar vid en el Alto Valle del Río Negro, aprovechando los canales de irrigación construidos a partir de 1884 con la expansión del ferrocarril hacia el sur. Durante gran parte del siglo XX, la región produjo uva de mesa y vino a granel destinado al mercado interno. El giro cualitativo llegó en la década de 1990, cuando bodegas como Humberto Canale —fundada en 1909, una de las más antiguas de la Patagonia— y nuevos proyectos reconocieron el potencial del Pinot Noir en latitudes australes. La provincia de Neuquén impulsó a principios del siglo XXI el desarrollo del polo vitivinícola de San Patricio del Chañar, atrayendo inversiones de bodegas nacionales e internacionales. Hoy la Patagonia es reconocida mundialmente como la fuente de los Pinot Noir más refinados de Argentina.