Mendoza es la capital vitivinícola de Argentina y una de las grandes regiones productoras del mundo, célebre por sus Malbec de altura que han redefinido la uva a escala global. Con viñedos que trepan los contra
Ubicada en el centro-oeste de Argentina, la provincia de Mendoza se extiende aproximadamente entre los paralelos 32° y 36° S, al pie de la Cordillera de los Andes. Limita al oeste con Chile —separada por la cadena andina— y se articula en torno a la ciudad de Mendoza como metrópolis de referencia. Sus subregiones más importantes son el Valle de Uco, Luján de Cuyo, Maipú y el Este mendocino. Los ríos Mendoza, Tunuyán, Diamante y Atuel aportan el agua de deshielo que, mediante canales de irrigación, hace posible el cultivo en este desierto de alta montaña.
Indicación Geográfica (IG) y Denominación de Origen Controlada (DOC). Mendoza posee DOC para subzonas específicas: Luján de Cuyo fue la primera DOC de Argentina (1993), reconocida para Malbec. Existe también el sistema nacional de Indicaciones Geográficas regulado por el INV (Instituto Nacional de Vitivinicultura).
Los viñedos se sitúan entre 600 y 1.500 m s. n. m. El Valle de Uco alcanza las cotas más elevadas (900–1.500 m), mientras que Maipú y el Este mendocino trabajan en altitudes menores (600–800 m). El relieve es de piedemonte y planicie desértica irrigada.
Mendoza concentra aproximadamente 155.000–160.000 hectáreas de viñedo, representando cerca del 70 % de la producción vitivinícola de Argentina (datos INV).
El clima es continental árido de altura, con más de 300 días de sol al año, baja humedad relativa y escasas precipitaciones (200–250 mm anuales), lo que minimiza enfermedades fúngicas. Las amplitudes térmicas diarias son marcadas —hasta 20 °C de diferencia entre día y noche—, favoreciendo la retención de acidez y la complejidad aromática. Los suelos son predominantemente aluviales y pedregosos en Luján de Cuyo y Maipú; francos y arcillo-arenosos en el Este; y calcáreos, con presencia de piedras rodadas y limos en el Valle de Uco. El viento Zonda, cálido y seco, puede ser un factor de estrés. La altitud actúa como regulador térmico fundamental, alargando el ciclo vegetativo y produciendo uvas de piel gruesa, rico color y polifenoles maduros con frescura.
Vinos tintos de cuerpo pleno, taninos sedosos, notas de ciruela, violeta y chocolate oscuro, con estructura para guarda.
Perfil más fresco y mineral, con acidez vibrante, fruta roja, especias y mayor potencial de envejecimiento.
Tintos robustos con cassis, cedro y taninos firmes, frecuentemente usados en cortes de alta gama.
Blends de Malbec, Cabernet Sauvignon y Cabernet Franc de producción limitada, referentes de la categoría premium argentina.
Blancos de cuerpo medio-alto, con notas cítricas, melocotón blanco y equilibrio entre fruta y acidez.
La vitivinicultura en Mendoza arranca con la colonización española en el siglo XVI: la ciudad fue fundada en 1561 por Pedro del Castillo y los jesuitas introdujeron el cultivo de la vid para la producción de vino de misa. Durante los siglos XVII y XVIII la actividad creció de manera artesanal. El gran salto modernizador llegó a finales del siglo XIX con la llegada del ferrocarril (1885), que conectó Mendoza con Buenos Aires, y la inmigración masiva de italianos, españoles y franceses que trajeron conocimiento enológico y variedades europeas. La filoxera, que devastó Europa, paradójicamente impulsó la exportación de sarmientos desde Mendoza, que permaneció relativamente al margen de la plaga gracias a su suelo arenoso. En el siglo XX la región vivió décadas de producción en volumen, con bodegas cooperativas de gran escala. La transformación cualitativa comenzó en los años 1990 con la inversión extranjera, la llegada de enólogos consultores internacionales y la apuesta por variedades de alta expresión —especialmente el Malbec—, que pasó de uva de corte a emblema nacional e internacional. Hoy Mendoza es reconocida entre las grandes regiones vitivinícolas del mundo.