Kartli es la región vinícola del corazón histórico de Georgia, donde el río Mtkvari moldea un paisaje de viñedos ancestrales a la sombra del Gran Cáucaso. Cuna del Reino de Kartli, combina cepas autóctonas de p
Kartli se extiende por el centro-este de Georgia, en el valle del río Mtkvari (Kura), entre las estribaciones meridionales del Gran Cáucaso y la meseta de Javakheti. La región abarca las provincias de Shida Kartli y Kvemo Kartli, con la ciudad de Gori como referencia central y Tbilisi a unos 70 km al este. Las coordenadas aproximadas oscilan entre 41°30'–42°10'N y 43°30'–44°30'E. El río Liakhvi, afluente del Mtkvari, irriga subzonas clave como la garganta de Ateni. La elevación varía entre 400 y 900 m sobre el nivel del mar, con laderas de orientación sur que maximizan la exposición solar en un entorno continental de veranos cálidos e inviernos fríos.
Georgia aplica un sistema de Denominación de Origen Protegida (DOP) con más de 18 apellaciones controladas reconocidas por la legislación georgiana y la UE. Dentro de Kartli destacan las DOP Atenuri (para el espumoso ancestral de Chinuri de la garganta de Ateni) y Goruli Mtsvane (del área de Gori). La Agencia Nacional del Vino de Georgia (National Wine Agency) supervisa el sistema de calidad y las indicaciones geográficas.
400–900 m s.n.m. El relieve combina fondos de valle aluvial (400–500 m) con laderas calizas y volcánicas de mediana altitud (600–900 m) en gargantas como Ateni, donde la amplitud térmica diurna es más pronunciada y favorece la acidez natural.
Kartli cuenta con aproximadamente 8 000–9 000 hectáreas de viñedo registrado, cifra que ha crecido desde la independencia georgiana (1991) y la apertura de mercados europeos en la segunda década del siglo XXI.
El clima es continental moderado: veranos cálidos y secos (julio promedio 24–26 °C), inviernos fríos con nevadas ocasionales y una precipitación anual de 500–700 mm concentrada en primavera y otoño. El río Mtkvari actúa como regulador térmico en los fondos de valle, mientras que las gargantas laterales —especialmente Ateni— generan microclimas más frescos con nieblas matinales que preservan la acidez. Los suelos son variados: arcillo-calcáreos en los llanos aluviales, pizarras y esquistos en las laderas medias, y suelos volcánicos limosos de origen basáltico en las cotas más altas. Esta combinación produce blancos de acidez vibrante y taninos contenidos en tintos de peso medio, con perfiles aromáticos más finos y frescos que los de la vecina Kakheti. La altitud y la amplitud térmica acentúan la expresión floral y mineral de las cepas autóctonas.
Espumoso de segunda fermentación en botella elaborado con Chinuri, de burbuja fina, acidez pronunciada y notas de manzana verde y almendra.
Blanco monovarietal de perfil floral, herbáceo y cítrico con frescura marcada, vinificado mayormente en acero inoxidable o vasijas de barro.
Maceración de pieles en tinaja de barro qvevri que aporta taninos suaves, color dorado-cobrizo y notas de membrillo, té y especias.
Tinto de color rojo rubí con taninos medianos, acidez viva, aromas de cereza silvestre, hierbas del Cáucaso y tierra húmeda.
Tinto de cuerpo ligero y taninos delicados, con marcada acidez y fruta roja fresca, elaborado con o sin maceración en qvevri.
La historia vitícola de Kartli está indisolublemente ligada al origen mismo de la civilización georgiana. Evidencias arqueológicas de semillas de Vitis vinifera halladas en la región del Gran Cáucaso, incluyendo el valle del Mtkvari, fechan la vinicultura georgiana en torno al 6000 a.C., convirtiéndola en una de las más antiguas del mundo. En el período de la Antigüedad Clásica, el Reino de Iberia —cuyo núcleo era Kartli— ya exportaba vino hacia el mundo grecorromano. La conversión al cristianismo de Georgia en el siglo IV d.C. bajo Santa Nino consolidó la viña como símbolo sagrado nacional: la cruz de la santa estaba trenzada con sarmientos de vid. Durante el período medieval, los monasterios kartlianos preservaron y seleccionaron cepas autóctonas. La invasión mongola del siglo XIII y las incursiones otomanas y persas de los siglos XVI al XVIII devastaron los viñedos en múltiples ocasiones. Tras la anexión rusa a principios del siglo XIX, se realizaron los primeros intentos de vinicultura moderna en el Palacio de Mukhrani. La era soviética (1921–1991) industrializó la producción, privilegiando el volumen sobre la calidad. Desde la independencia, productores familiares y nuevas bodegas han rescatado cepas autóctonas y el método ancestral del qvevri, reconocido por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2013.