El Líbano es la cuna vinícola más antigua del Mediterráneo oriental, y Beirut funge como capital comercial y puerta de entrada de una producción vinícola que escala desde el litoral hasta las laderas del Monte
Beirut se sitúa en la costa mediterránea central del Líbano (aproximadamente 33°54' N, 35°30' E), flanqueada al este por la cadena del Monte Líbano, que alcanza más de 3,000 m. Los viñedos vinculados a la zona metropolitana y sus alrededores se distribuyen en las faldas occidentales del Monte Líbano, en los distritos de Metn, Chouf y Baabda, a altitudes que oscilan entre 600 y 1,200 m. El río Beirut nace en las alturas del Monte Líbano y cruza la ciudad hacia el mar. El principal polo vitícola nacional, el Valle de la Bekaa, se encuentra a menos de 60 km al este, al otro lado de la cordillera, y muchos productores con sede en Beirut tienen allí sus viñedos.
El Líbano no cuenta con un sistema de denominaciones de origen controladas equivalente al AOC francés o al DOC italiano. Existe la Ley del Vino libanesa (Decreto 450/2002) que regula la producción y el etiquetado, pero sin una clasificación territorial vinculante por subregiones. Algunas bodegas indican la región de origen (Bekaa, Batroun, Chouf, Jezzine) de manera voluntaria. La Union Vinicole du Liban agrupa a los principales productores.
Los viñedos en las laderas del Monte Líbano próximos a Beirut se ubican entre 600 y 1,200 m s.n.m. Esta altitud modera las temperaturas estivales y favorece noches frescas que preservan la acidez de las uvas.
El Líbano cuenta con aproximadamente 2,000 a 2,500 hectáreas de viñedo en producción vitícola comercial (cifras OIV, circa 2020), concentradas principalmente en el Valle de la Bekaa, con superficies menores en Monte Líbano, Batroun y el sur. La zona inmediata a Beirut representa una fracción pequeña de ese total.
El clima es mediterráneo con influencia de altitud: veranos secos y cálidos, inviernos fríos con precipitaciones concentradas entre noviembre y marzo, y nieve frecuente en cotas altas. La proximidad al mar Mediterráneo aporta brisa refrescante en las laderas bajas, mientras que la altitud genera una amplitud térmica diurna de 15 a 20 °C en verano, elemento crucial para la concentración aromática y la preservación de acidez en los tintos. Los suelos en las laderas del Monte Líbano son predominantemente calizos y pedregosos, con presencia de arcilla roja (terra rossa), francos en su textura y bien drenados. Estos suelos pobres obligan a las vides a profundizar sus raíces, resultando en vinos con mineralidad marcada, taninos firmes y buena estructura. La influencia del viento del este (shamal) y la orientación de las parcelas determinan la madurez y el perfil de cada viñedo.
Ensamblajes con base en Cabernet Sauvignon, Syrah y Cinsault, con crianza en barrica, que expresan fruta oscura, especias y taninos firmes con vocación de largo envejecimiento.
Vinos elaborados con Cinsault y variedades de ciclo corto en viñedos de alta montaña, de color rubí ligero, acidez viva y carácter frutal directo.
Mezclas con Carignan, Mourvèdre y Grenache que evocan los estilos del sur de Francia, con notas de garrigue, cuero y fruta seca.
La viticultura en el territorio libanés se remonta al menos a 3,000 años antes de Cristo: los fenicios, originarios de esta costa, fueron los grandes difusores de la vid por todo el Mediterráneo. Durante el período romano, Berytus —nombre antiguo de Beirut— fue una ciudad de enorme importancia comercial y sus vinos circulaban por el Imperio. Con la expansión del islam en el siglo VII, la producción de vino no desapareció del todo gracias a las comunidades cristianas (maronitas, griegos ortodoxos). La época moderna de la viticultura libanesa arranca con los jesuitas franceses, que fundaron la Bodega Ksara en el Valle de la Bekaa en 1857, estableciendo las bases de la vinicultura comercial. A finales del siglo XIX y principios del XX, productores de origen francés y libanés consolidaron la industria. La guerra civil (1975–1990) devastó al sector, pero figuras como Serge Hochar de Château Musar mantuvieron la producción incluso bajo conflicto armado, ganándose reconocimiento internacional en la feria de Bristol de 1979. Desde los años 1990, la industria ha vivido un notable renacimiento, con más de 50 bodegas activas a inicios del siglo XXI.